
Alejandro Lira, originario de Huamantla, Tlaxcala, ha transformado la herencia del alfombrismo tradicional en una poderosa manifestación de arte contemporáneo, transitando de los tapetes horizontales de aserrín hacia la escultura y el arte vertical. Heredero de una tradición familiar que marcaba el calendario de su vida cada agosto, este arquitecto de formación ha llevado los saberes de su padre hacia nuevos horizontes creativos, estéticos y sociales.
A través de la asociación Alfombristas Mexicanos, Lira desafía la etiqueta comercial del “arte efímero” para proponer un concepto más profundo y arraigado: lo cíclico. Sus obras actuales, que adoptan la forma de murales, mosaicos y complejos relieves tridimensionales —como sus emblemáticos colibríes escultóricos—, se alejan de lo estrictamente religioso para convertirse en manifiestos de resistencia ecológica y comunitaria.


El sello distintivo de su propuesta es el uso de los recursos de la naturaleza como su paleta de pintura. En sus piezas utiliza:
Mazorcas, olotes, hojas y tallos de diversas tonalidades naturales de maíz para pintar, formar y dar volumen.
Semillas y cultivos nativos (como el amaranto y el ayocote) que vinculan directamente el arte con la tierra y la cultura alimentaria mexicana.
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Su enfoque actual se enfoca en la defensa de la flora y la fauna en México. Esto se materializa en proyectos como el Jardín Cíclico en Zaragoza, Tlaxcala, donde monumentales figuras de liebres y colibríes son plasmadas en los campos de cultivo, revalorando el espacio agrícola frente a las presiones del cambio climático y el crecimiento urbano.
Para Alejandro Lira, el arte es una ofrenda que une a la comunidad con su paisaje. Más allá del impacto visual, su obra es un proceso vivo donde la tierra se vuelve lienzo en defensa de la identidad y la naturaleza.




