
Ixtenco, Tlaxcala.- En las manos de Benjamín Huerta Romero, una semilla deja de ser semilla. Se vuelve sombra, cabello, pliegue, túnica, rostro y devoción. A veces es maíz. A veces avena, chía, mijo, melón o sandía. A veces es corteza de chinamite. Todo sirve si el propósito es el mismo: convertir lo que da la tierra en una imagen capaz de quedarse fija en la memoria.
Benjamín Huerta Romero, originario de Ixtenco, Tlaxcala, lleva 43 años en ese oficio. Tiene 65 años y habla de su trabajo como quien enumera los materiales de una vida: semillas criollas, leguminosas, granos, colores naturales y un conocimiento que aprendió a ordenar desde el dibujo. Dice que puede trabajar cualquier imagen, desde arte sacro hasta retratos, murales o logotipos, siempre con la misma base: lo que sale del campo y lo que se conserva en su comunidad.
Su relato avanza entre obras de gran formato. Menciona una Virgen de Guadalupe de siete metros de alto por cinco de ancho; también imágenes de San Isidro Labrador y de San Juan Bautista, patrono de Ixtenco. Recuerda además los murales de Cacaxtla que realizó para la feria de Tlaxcala: 50 metros lineales por 2.5 metros de altura. No habla de piezas pequeñas ni de trabajos menores. En su historia, el arte aparece en dimensiones monumentales.
Quieres saber más sobre la artesanía de Tlaxcala o adquirir sus productos, haz clik aquí.
Cuando describe los materiales, el catálogo parece no terminar. Habla de más de 125 colores de maíz, además de frijol, haba, chía, mijo blanco, mijo rojo, avena, semilla de pasto, semilla de melón y semilla de sandía. Explica que algunos tonos requieren pigmento, sobre todo el rojo, el azul y el verde, porque el material orgánico pierde color con el tiempo. Lo demás depende del acomodo, del matiz y de la paciencia.
Su primera gran obra fue una Resurrección de Cristo hecha en corteza de chinamite. Esa pieza terminó en el Museo de Tabasco. Otra de sus referencias es la Diosa del Maíz, instalada en el Museo de Ciudad Serdán, Puebla, con cinco metros de altura y cuatro de ancho. En ambos casos, la escala confirma una constante en su trabajo: la semilla como materia prima de obras que buscan ocupar espacio, imponerse a la vista y sostener una historia.
Benjamín Huerta dice que su formación comenzó desde joven, cuando descubrió el dibujo y pasó por la escuela de iniciación artística en la Ciudad de México. Habla de la simetría como una herramienta indispensable. En su oficio no basta con pegar semillas: hay que dibujar, medir, calcular el espacio y traducir una imagen al lenguaje del grano, la textura y el color.
También recuerda su paso por Los Pinos durante el gobierno de Felipe Calderón, donde trabajó en piezas para embajadas diplomáticas. Menciona colaboraciones con presidentes municipales, diputados y distintos proyectos oficiales. Sin embargo, cuando habla de lo que todavía quiere hacer, el tamaño vuelve a imponerse: sueña con crear un Calendario Azteca monumental de 25 metros de radio y 50 de diámetro, presentarlo primero en el Zócalo de la Ciudad de México y después llevarlo a otros lugares.
Para eso, dice, puede organizar a 60 personas. El plan no suena improvisado. Lo cuenta como quien ya tiene la imagen terminada en la cabeza y solo espera el espacio para comenzar. Porque en el mundo de Benjamín Huerta una semilla nunca llega sola: llega con la forma de una obra, con la memoria de Ixtenco y con la idea de que el arte también puede nacer del maíz.












